Abuse

El Papel de la Iglesia en la Recuperación y Prevención del Abuso y Violencia Intrafamiliar

La iglesia cristiana tiene una tradición admirable de responder compasivamente a los enfermos, a los pobres y a los rechazados por la sociedad. Sin embargo, la iglesia no ha sido tan fiel en responder a las víctimas del abuso y la violencia familiar, aún cuando la violencia haya ocurrido entre miembros de nuestras propias congregaciones.

Reconocimos que en nuestra sociedad hay mucha violencia, pero no queremos creer que sea posible que también exista violencia en los hogares y las relaciones íntimas de nuestros miembros. Si hermanas violadas han tenido la oportunidad y el valor para hablarnos de sus experiencias, generalmente hemos respondido con incredulidad, especialmente si el ofensor haya sido pastor o líder. Como sus relatos de violencia nos hacen sentirnos incómodos y avergonzados, hemos comunicado de varias maneras que no queremos oír sus relatos, o peor, que no les creemos.

¿Si las víctimas no pueden compartir su dolor con su pastor ni con sus hermanas y hermanos en la congregación, con quién podrán compartirlo? ¿Si no pueden encontrar en sus iglesias la ayuda que necesitan para protegerse ni el apoyo para recuperarse, dónde lo encontrarán?

Me anima mucho que algunas congregaciones se estén trabajando valientemente para prevenir la violencia. He pasado muchos de mis años como adulta trabajando en clínicas psicológicas con víctimas de abuso y violencia familiar y entrenando en la universidad a otros para trabajar profesionalmente con personas destrozadas por la violencia. Pero quiere decirles que todavía creo en mi corazón que aún más importante para recuperarse del trauma del abuso y otras heridas emocionales es ser miembro de una congregación llenada del Espiritú Santo que sea dispuesta a andar cariñosamente al lado de personas que sufren. Quiero compartir unas ideas en cuanto al papel que la congregación pueda tener en esta importante obra.

  1. En primer lugar, es necesario dar a conocer en nuestras iglesias y comunidades que todas las personas, sean viejitos o pequeñitos, sean saludables o con impedimento, sean hombres o mujeres, que todas las personas somos de igual valor, que todos somos creados a la imagen de Dios--que todos reflejamos l naturaleza divina del Creador. Génesis 1:27 dice: "Y creo Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó."

    Nuestra cultura pecadora nos ha dicho que en verdad los hombres valen más que las mujeres. Nos ha dicho que la mujer fue creada del hombre, para servirle al hombre, y debe ser sumisa baja su dominio. Nos ha dicho que la naturaleza de la mujer la hace más inclinada al pecado y que por culpa de ella entró el pecado al mundo por medio de su hermana Eva. Nos han dicho que si queremos saber las características del creador, miremos a los hombres más bien que a las mujeres.

    El peligro de esta enseñanza ha sido que muchos hombres creen que tienen ciertos derechos sobre su esposa y otras mujeres. Si tienen más importancia en los ojos de Dios, entonces tienen el derecho de tratar a las mujeres como quieran. Ya es tiempo que seamos más firmes en nuestras enseñanzas acerca de la igualdad de todos los seres humanos.

  2. En segundo lugar, debemos enseñar a nuestros miembros, desde los pequeñitos hasta los ancianos, que para el creyente nunca es apropiado usar la violencia para imponer la voluntad de una persona sobre la otra. Hemos sido más desafiantes en nuestra oposición a la violencia política que en oposición a la violencia interpersonal. Debemos interesarnos y luchar contra la violencia donde quiera que se encuentre. En la vida de Jesucristo tenemos modelo de como es posible vivir en paz y amor en igualdad los unos con los otros. En nuestro Señor encontramos ejemplo de un hombre que no usaba su poder ni puesto para imponer su voluntad sino para rescatar y elevar a los más bajos y rechazados de su sociedad. En vez de usar modelos culturales de cómo debe portarse un macho verdadero, debemos mirar al ejemplo de Jesucristo y esperar que el hombre cristiano le imite en su actitud y comportamiento.

  3. Tercero, debemos comunicar que lo que ocurre entre nuestras familias sí es asunto de la iglesia. Cuando la violencia ocurre en el hogar no es asunto privado sino algo que tiene que ver con la congregación entera. Como San Pablo nos hizo entender, todos somos miembros del mismo cuerpo y si parte del cuerpo está sufriendo, el cuerpo entero sufre. En Inglés tenemos un dicho que dice que el hogar del hombre es su castillo. No es verdad que un hombre cristiano puede esconderse detrás de la fortaleza de su hogar, portándose como quiera con su familia. Todos somos miembros de la misma familia de fe y tenemos que interesarnos en lo que ocurre al interior de los hogares de nuestros hermanos y hermanas.

  4. Cuarto, debemos dedicar más recursos y poner más énfasis en desarrollar y apoyar relaciones interpersonales y familiares que sean saludables. Empezando desde temprano, enseñemos a nuestros jóvenes que todos somos creados iguales a los ojos de Dios y por lo tanto debemos tratarnos con respeto y ternura los unos con los otros. A nuestros miembros debemos enseñarles modelos apropiados de resolver conflictos para que no usen la violencia como recurso. Debemos ayudar a padres y madres nuevos a aprender formas de disciplina que reflejen el espíritu de Cristo y que también sean efectivas.

    Cuando el pastor o la pastora dé consejo a las parejas antes del matrimonio, debe aclarar que el abuso sexual y la violencia interpersonal no se permiten. Debe advertirles que si ocurre, es importante compartirlo con alguien en la congregación inmediatamente y que juntos buscarán seguridad para la víctima y ayuda para que el ofensor cambie su comportamiento.

  5. En quinto lugar, debemos escuchar las voces de las víctimas y aprender de sus historias. Cuando hablo a diferentes grupos sobre el tema de la violencia intrafamiliar o el abuso sexual, varias personas casi siempre comparten conmigo su historia personal. Luego me dicen que ha sido importante hacerlo. Una mujer me dijo, "Por muchos años he llevado siempre conmigo la vergüenza de lo que me pasó pero nunca he tenido a nadie de la iglesia que me diera permiso para hablar de estos asuntos. Gracias por escucharme--y por creerme."

    Una mujer bastante elocuente me escribió: "Por todos estos años he sido miembro fiel de mi congregación. Los miembros me preguntan por mis hijos y mi huerto, por mis ideas políticas y mis planes de retiro. Pero jamás en 40 años me han dado permiso para hablar de las razones de mi depresión y gran desanimo. Jamás me han dado permiso para hablar de lo que ha tenido el más profundo impacto en toda mi vida--esos años del abuso por parte de mi padre cuando era niña. Tal vez sospechan la verdad de mi vida pero nunca me han dado permiso para compartir con ellos mi historia.

    Cuando escuchemos las historias personales de nuestras hermanas, cuando lloremos con la otra por las tristezas que hayan pasado en su vida, cuando nos regocijemos por las bendiciones, para ellas es un gran regalo que trae curación, y alivio del dolor.

    En mi propia vida necesito a mis amigos y amigas que comparten la fe para que me ayuden cuando estoy desesperada y sin esperanza. También necesito que celebran conmigo cuando la gracia y misericordia de Dios se manifiesten en mi vida. El escuchar con cariño es un regalo que vale mucho pero no cuesta ni "un chavo prieto", como dicen en Puerto Rico.

  6. En sexto lugar podemos planear y llevar a cabo cultos que tomen en cuenta las experiencias y el dolor de víctimas. Cuando planeo un servicio de adoración, siempre trato de recodar que cada vez que nos reunimos en la iglesia, a lo mejor habrá presente tanto víctimas como ofensores. A veces incluimos lamentos de los escritores bíblicos en nuestros servicios. Varias víctimas de violencia familiar han escrito sus propios lamentos u oraciones como parte de su curación. ¿Por qué no usar esas escrituras, también sagradas, durante el servicio?

    En la oración pastoral o en el sermón, podemos pedir alivio y seguridad para las víctimas de la violencia y también perdón para el ofensor y valor y los recursos espirituales para cambiar su conducta. Hay gran poder cuando nombramos la violencia durante el servicio, pero muchas víctimas nunca han oído en su iglesia que le pongan nombre a su dolor y por lo tanto se sienten abandonadas por su congregación y también por Dios.

  7. Séptimo, debemos examinar las enseñanzas religiosas que podrán contribuir a la violencia interpersonal. Anoche compartí algunas de esas enseñanzas que puedan tener relación a la violencia contra mujeres y niñas y niños.

    Necesitamos que nuestros teólogos, nuestros trabajadores sociales, nuestras víctimas y todos los involucrados, observemos detenidamente nuestras enseñanzas religiosas para entender si en verdad son buenas nuevas para el pequeño y la marginada en nuestro medio. Escuchen: (San Lucas 4:18-19) "El Espiritú del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados del corazón; A pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor."

    Si nuestras enseñanzas religiosas no son buenas nuevas para la más débil y vulnerable entre nosotros, no reflejan bien el mensaje de nuestro Señor y deben ser rechazadas.

  8. Mi última sugerencia para congregaciones que quieren ser comunidades de recuperación para las heridas es ésta: Comprométanse al ministerio de caminar en amor con las personas que sufren.

    Entiendo bien que la palabra "amor" es una palabra demasiado usado hoy en día. En la música popular, en las películas y novelas se oye mucho, pero es mal usada. Por lo tanto tenemos miedo usar esa palabra. Pero en verdad, a veces cuando no sabemos que más hacer por un amigo o amiga que esté sufriendo, lo más eficaz es lo más sencillo--caminar en amor con él o ella.

    Una amiga me relató el cuento de un niño pequeño que vivía en un lugar donde tenían tremendas tormentas de truenos y relámpagos. Este niño tenía mucho miedo de las tormentas y cada vez que llegaba una tormenta durante la noche, iba corriendo al cuarto de sus padres y brincaba en su cama y se metía entre ellos. Un día su madre le dio un sermoncito, diciéndole que era importante recordar durante las tormentas que Dios siempre está con nosotros--aún durante las noches tormentosas. Ella se sentía muy satisfecha de cómo había bregado con su miedo y pensaba que se había resuelto el problema. Pero pocos días después, ella se despertó cuando su hijo corrió a su cama otra vez durante otra tormenta. La madre le dijo, "Pero hijito, ¿No recuerdas que te dije que Dios siempre está con nosotros?" "Sí, lo recuerdo mamá, dijo el niño, pero quiero que mi Dios tenga piel humana."

    La esencia del ministerio de restauración es ser agentes del amor divino, es ser Dios con piel humana, la cara y las manos de Jesús para las personas que sufren y que no tengan esperanza. Este amor se manifestará en diferentes formas. Para algunas quiere decir que le aseguremos que estaremos con ellas, sosteniéndoles emocionalmente y con oración cuando sufren depresión y desánimo. Para otros, tal vez, ese amor se manifiesta en ayudar a una joven madre cuidar a sus hijas y ayudarla a preparar la comida para su familia cuando sufra dolor psicológico por tener dentro de su memoria, ocasiones de abuso y maltrato cuando era niña.

    Tener amor para las víctimas requiere que declaremos vez tras vez en nuestras congregaciones que no es justo usar violencia en nuestras familias ni usar a nuestras hijas para nuestro disfrute sexual. Requiere que digamos que las víctimas no tienen la culpa y que la vergüenza que llevan en sus cuerpos y sus espíritus no es en verdad su culpa sino la culpa del que la abusó. Requiere que le recordemos a las víctimas que ellas son mucho más que el recuerdo de sus heridas y memorias horribles--que son hijas preciosas del Rey Divino.

    Por último, amar a las que sufren en nuestro medio y ser la cara de Jesús requiere que anunciemos las buenas nuevas de que en la resurrección de Cristo tenemos prueba de que la violencia no tiene la última palabra--y que existen la esperanza y los recursos espirituales para lograr vidas y relaciones saludables y tranquilas. . ¡Estas sí son nuevas buenas!

Que Dios nos bendiga y nos anime para hacer de nuestras congregaciones comunidades de esperanza y restauración y prevención de la violencia intrafamiliar. Que el Señor nos dé el valor y el amor para ser, en verdad, la cara de Jesús los unos para con los otros.

 

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