De una relación abusiva a otraAmada Hernández Hernández Amada Hernández Hernández, viuda de Cepeda, vive en la colonia Guillermo Guajardo en Matamoros, Tamaulipas, México, a lado de sus cinco hijos. Ella y sus cuatro hijos menores son miembros de la iglesia menonita RÃos de Agua Viva. Tiene 40 años.
Primera parteMi nombre es Amada y nacà el 13 de septiembre de 1960 en San Luis PotosÃ, México. Soy la mayor de tres hijos de mi madre, ya que mi padre tuvo varias mujeres. A mi mamá y a otra de ellas las tuvo juntas en una casa y ella también tenÃa hijos casi de la misma edad que yo. Cuando tenÃa unos cuatro o cinco años, falleció mi madre dando a luz a un bebé (que también falleció unos dÃas después). Por un tiempo mi hermano y yo andábamos de casa en casa porque mi papá fue encarcelado por un año por andar con la hija del patrón. Cuando él salió, regresó con mi madrastra y metió a otra señora. Desde ese entonces mi hermano e yo tuvimos dos madrastras que nos maltrataban. Sufrimos toda clase de castigo. A veces me dejaban afuera en la noche y yo me quedaba con los perros que tenÃamos. Como habÃa un poste de luz afuera de mà casa yo me arrimaba donde habÃa luz para que no me diera miedo. TodavÃa a los 15 años me pegaban. Por mucho tiempo pensé, ¿Dónde está Dios? ¿Por qué todo esto? ¿Por qué mi papá no decÃa nada cuando ellas nos pegaban? Recuerdo una vez que me halló mi madrastra comiendo tierra. Ella y una vecina me agarraron y, según ellas para que se me quitara lo cochina, me dieron a comer suciedad de gallina a la fuerza. Entre las dos me abrieron la boca y me la echaron. Esto hizo que yo odiara mucho a las dos. Crecà con el corazón lleno de resentimiento e contra mi papá y contra mi madrastra. Mi papá nunca me dejaba salir fuera de ese pueblo que tanto querÃa huir. Un dÃa ocurrió lo que yo tanto deseaba--una oportunidad de salir de ese infierno. Llegaron dos enfermeras que pidieron permiso a mi papá para dejarme trabajar con ellas en la capital de San Luis Potosà y me dió permiso. Me fui feliz con ellas porque ellas me trataban bien. Pero sólamente me dieron permiso por dos meses. Cuando se cumplió el tiempo dijeron que debÃa regresare a mi casa aunque no querÃa volver porque sabÃa lo que me esperaba. Ya en casa, esperé un domingo cuando se fueron todos a la plaza y me fui de mi casa. Esto fue en noviembre de 1975. Mi idea era trabajar en la capital y después mandar por mi hermano para estar juntos. Según ellos, nosotros dos éramos un problema en la casa. Para nosotros nunca hubo una palabra de cariño, sólo palabras ofensivas, cintarazos, corredizas y trabajo. Aun asà yo admiraba a mi papá, o tal vez le tenÃa miedo, no sé. Pero hasta este dÃa no sé dónde perdà mi niñez. Segunda parteLlegué a San Luis Potosà antes que las enfermeras que habÃan sido mis patronas, asà que busqué trabajo de casa en casa. Desafortunadamente, me topé con patrones abusivos que trataron de abusar de mÃ. Finalmente conseguà un trabajo, pero no se me hizo porque una persona de mala entraña me acusó falsamente con la persona con que iba a trabajar. Era algo vergonzoso que hizo que la se ñora se pusiera furiosa y me corrió. Era ya de noche y ella me echó a la calle. Salà llorando y le pedà ayuda a una persona que, lejos de ayudarme, ya tenÃa todo planeado con su hermana que me acusó falsamente. El solamente me dijo que no me preocupara. Como era ya de noche y no tenÃa dónde dormir é l me llevó a una estación de trenes cargueros y nos subimos a uno que iba a Aguascalientes. De allà comenzó otra vida diferente a lo que yo tenÃa planeada. El empezó a querer tener sexo conmigo pero yo no estaba enamorada de él y además, ni sabÃa lo que era. Vivà con él casi cinco años de arriba para abajo porque nunca vivimos en un lugar fijo. Nosotros estafábamos a personas porque él nunca quiso trabajar. El me obligó a ser su cómplice en muchos robos. Yo le suplicaba que no hiciéramos eso, que si no querÃa trabajar que yo trabajarÃa en lo que fuera, pero él no quiso. Recuerdo que antes que mi bebé naciera Ãbamos a encaminar a mi suegro a su trabajo cuando nos encontramos con una señora que él mismo le habÃa robado. Mi suegro y mi esposo me dejaron allà ya que yo no podÃa correr por mi estado. La señora le habl ó a la policÃa y me entregó y me acusó de robo. Después de ocho dÃas, dà a luz; mi esposo me habÃa abandonado a mi suerte. En ese momento estaba confundida porque estaba pasando de una etapa de la vida a otra. Ahora pasaba a ser madre, y a un futuro incierto encerrada en esa cárcel. Pasé en la cárcel seis meses donde estuve aislada sin poder ver nada, sólo un pedazo de cielo. Finalmente un licenciado de oficio me sacó. No sabÃa adónde iba a ir, asà que regresé a la calle, pero ahora con un hijo en brazos. Empecé por buscar a mi esposo para que me ayudara con el niño. Cuando iba rumbo a casa de mis suegros, lo vi. El estaba sorprendido de que yo estuviera libre ya que yo no tenÃa dinero para un abogado. El me dijo que yo estaba muy bien en la c árcel ya que no me hacÃa falta nada. Con un hijo, qué remedio me quedaba mas que seguirlo otra vez. Todo empeoró. Yo pensaba que con un hijo él iba a cambiar, pero él nos usó como carnada para seguir robando. Un rato después salà embarazada otra vez y tuve una niña. Aunque las cosas siguieron igual, me puse a trabajar. El me cuidaba al niño y yo cuidaba la niña mientras trabajaba. Un dÃa, el 9 de septiembre de 1977, se puso grave la niña. Yo estaba sola porque él se habà a ido con su mamá y se habÃa llevado al niño. Cuando él llegó yo ya tenÃa tendida a la niña. Yo trabajaba en un rancho retirado de la ciudad y no alcancé a llegar al hospital--se me murió en los brazos. Desde ese momento decidà dejarlo definitivamente. Me daba miedo dejarlo porque él estaba enfermo de una pierna y pensaba que Dios me iba a castigar por dejarlo. Mientras yo dejaba que se aliviara, iba pensando en cómo hacerl para dejarlo, porque aun enfermo se puso peor conmigo. Yo estaba ya decidida y tuve que decirle a la señora con la cual estaba trabajando para que me ayudara. Lo hizo en ayudarme a encontrar otro trabajo para que yo no estuviera allà cuando él regresara. Asà que lo dejé cuando mi niño tenÃa cuatro años. Tercera parteEn 1980 conocà al que fue mi verdadero esposo. Yo creÃa que nadie me iba a querer con un hijo porque mi primer marido me habÃa dicho que nadie se iba a fijar en mÃ. Solo pensaba vivir y trabajar para mi hijo, pero le conocà mi esposo Ramón. Después de estar juntos por cinco años, nos casamos y registramos a mi hijo como hijo de él. Lo amaba, pero conforme pasaba el tiempo él iba cambiando y no me permitÃa que trabajara. Pasaron los años y sin decirle nada comencé a trabajar y rebelarme contra él. Comencé a trabajar para ayudarlo, pero el haberme rebelado contra él tal vez tuvo algo que ver con que él comenzara a cambiar y a tomar. Cada semana se emborrachaba y gastaba todo su dinero y comenzaban los problemas. Para entonces ya habÃan personas que me hablaban de la Biblia pero yo no creÃa nada de eso porque pensaba: ¿cómo me salen ahora con que hay una persona que me ama si las personas como mi padre y mis esposos siempre me han dicho que me aman y hacen todo lo contrario? Y ahora me salen con que Jesús me ama sin conocerme ni saber quién soy. Estaba confundida. Yo seguà con mi esposo Ramón por 20 años y nunca conté con su confianza ni ayuda con nuestros hijos. A mi hijo mayor lo encarcelaron y Ramón nunca me ayudó para sacarlo. El dÃa que sentenciaron a mi hijo a tres años y medio de cárcel, ese dÃa me acorde de aquél que me habÃan dicho que me amaba a pesar de todo. Cuarta partePorpue todas las puertas se me habÃan cerrado, y como ya muchas personas me habÃan hablado del amor de Cristo, clamé a Dios. Cuando hubo un culto en una iglesia que se llama RÃos de Agua Viva, fui porque conocÃa al pastor en ese tiempo, Manuelito Gaytán. El era un hombre bueno que se quedaba sin comer por darle a los demás. El siempre me habló del amor de Dios. Dejé todo en las manos de Dios (incluyendo a mis hijos), porque ya no podÃa más. Incluso le pedà que el amor que yo un dÃa sentà por mi esposo volviera. Y aun asà como era Ramón, comencé a aceptarlo. Como yo cambié la forma de ser y de hablar, tuve problemas con mi esposo porque iba a la iglesia. En febrero del 2000 él empezó a enfermarse, pero él siguió tomando hasta que llegó el dÃa en que la enfermedad salió a flote y se puso muy grave. Traté de hablarle de Dios, pero no querÃa saber nada de eso. Después, estuvo ocho dÃas en coma y ya los doctores no le daban posibilidades. Otra vez clamé a Cristo para que le diera otra oportunidad--y se la dió (tal vez para que se entregara a Dios). Era muy difÃcil para mà y para él también ya que sus riñones ya no le funcionaban y necesitaba tratamiento de diálisis cada cuatro horas. Asà duramos más de un mes, y un dÃa cuando lo llevé al tratamiento, ya no regresó. Pero él se habÃa arrepentido unos dÃas antes. Recuerdo que esa vez mandó a uno de nuestros hijos a llamar a la hermana Raquel para pedirle que orara por él porque querÃa cambiar y aprender más de Dios. Hoy le doy gracias a Dios: por darnos la fuerza a mis hijos y a mà para salir adelante y aceptar la voluntad de Dios, por la familia Lozano Palomino que ha sido de gran bendición para mis hijos y para mÃ, y por los hermanos de RÃos de Agua Viva. Porque, ¿saben?, para mà ellos han sido hasta hoy mi verdadera familia. Le doy gracias a Dios por haberlo conocido a tiempo y porque puedo decir ahora que Cristo me salvó. Aunque mi cuerpo esté maltratado, puedo decir que soy libre por dentro. Con la ayuda de mi Cristo podré enfrentar cualquier prueba, porque sé que tengo a mi lado a alguien en quien puedo confiar completamente. Hoy sé que Dios siempre estuvo conmigo a pesar de que yo no sabÃa nada de él. También sé que mucho antes de que yo naciera él ya sabÃa de mà y me salvó de muchas cosas.
This story appeared in the September-October 2001, issue #157, of the Women's Concerns Report titled "Domestic Violence, A Concern for All." Please do not reproduce without permission. |